No es solo el título de una película, sino una de las mejores preguntas que podemos hacernos: ¿qué sé yo?


Hombre, si tienes una edad, ya sabes bastantes cosas, ¿verdad? 


Sabes realizar muchas tareas de forma correcta, a veces incluso de forma magistral, porque llevas años haciéndolas y perfeccionándolas. 


Además, tienes experiencia de la vida. Sin duda. 


Pongamos todos nuestros conocimientos bajo un microscopio… no demasiado potente, tampoco hace falta. 


¿Sabes lo que sabes?


Habilidades adquiridas. ¡Tan ufanos que nos sentimos por ellas! ¡Tan orgullosos de nosotros mismos y nuestras capacidades! 


Conducir. Llevamos años haciéndolo, y lo hacemos razonablemente bien. De hecho, muy bien, porque casi todos los conductores tenemos claro que nosotros SÍ sabemos conducir, aunque los demás parece que no terminan nunca de aprender.


Ahora que estás a solas contigo y no tienes que reconocerlo ante nadie, dime, honradamente (o dite a ti mismo, mejor): ¿qué mérito tiene? Para conducir bien basta con conducir muchas horas, muchos kilómetros


No tiene más complicación. Lo cierto es que lo menos que se puede esperar es que seamos conductores medianamente hábiles. 


Este patrón se puede aplicar a cualquier habilidad adquirida, incluidas las que tienen que ver con nuestra profesión. 


¿Vives lo que vives?


En cuanto a la experiencia vital, párate un momento a observar. No te digo a pensar en ella. Aquí vamos a intentar pensar menos, observar más y mirar las cosas desde una óptica nueva, o, al menos, distinta. 


¿Tienes hijos? Me parece que son un ejemplo magnífico para esto de la experiencia vital. Todos somos hijos, y casi todos hemos tenido padres. Nuestros padres eran padres cuando nos topamos con ellos, irremediablemente. 


¿Alguna vez te diste cuenta de que, hasta que tuvieron su primer hijo, tus padres no tenían ni idea de cómo ser padres? ¿Has pensado que, por mucho que leas, sepas y te cuenten, no eres padre hasta que lo eres, y que entonces, todo lo leído, aprendido y escuchado no te sirve de nada


¿Por qué? Porque estás siendo padre a través de la experiencia vital (y este adjetivo es muy importante, porque es la única experiencia que sirve, la vital, la de la propia vida) de otros; en el peor de los casos, de las teorías de algunos que ni siquiera han tenido hijos y se dedican a contar generalidades y su propia idea de cómo debería ser la cosa.


Pero en cuanto tienes un hijo, todo lo leído y escuchado sirve de poco. O de nada. Y, como intentes meterlo en tu vida con un calzador, seguramente cosecharás mucha frustración y un montón de experiencias nada satisfactorias. Puede que, incluso, un alejamiento doloroso de tus hijos


Porque nadie, nunca, ha sido el padre de tu hijo, y esa es una experiencia que te toca a ti, solo a ti, y sobre la que nadie te puede enseñar, porque no se ha dado antes. De hecho, no volverá a darse nunca. Incluso si tienes un montón de hijos, cada hijo será único y tú serás un progenitor diferente para cada uno de ellos. 


Por lo tanto, eso que llamamos experiencia vital es una ilusión, si somos honestos, porque no hay situación en la vida que se repita, luego no hay situación que nos sirva de referente. 


¿Por qué creemos que sí? Porque nuestra mente está acostumbrada a trabajar sobre patrones, intenta meter cualquier cosa en un patrón y tiene pánico a lo desconocido, es decir, a todo lo que se salga del patrón o no encaje en uno. Porque cree que no lo puede controlar. 


Lo que nos lleva a algo muy curioso y divertido: nuestra mente cree que controla o puede controlar las cosas; cree que, si no lo hace, es por falta de habilidad tuya, no suya, porque tú no eres capaz de seguir sus pautas, y aquí empieza la esquizofrenia en la que todos vivimos y que consideramos de lo más normal. Creemos a pies juntillas todo lo que viene de nuestra mente, sea lo que sea, sin cuestionarlo siquiera un momento. 


Pero volvamos al principio. 


¿Y si no es como crees?


¿Eres capaz de plantearte que todas, absolutamente todas las experiencias que tienes en tu vida son únicas, siempre nuevas


Fíjate que eso supone que las experiencias anteriores no te servirían de nada, que tendrías que enfrentarte a cada momento de tu vida a pelo, sin una maleta llena de libros de instrucciones escritos por ti o por otros, con los recursos que la vida te vaya dando en cada momento. 


¡Qué locura! 


¿O no?


Sería como vivir cada momento como algo absolutamente nuevo. Cada relación como si fuera la primera. Cada ocasión como si estuviera creada para ti en exclusiva. 


Tendrías que renunciar a pensamientos tan familiares como todos esos que empiezan por: “La próxima vez… “. Porque no hay próxima vez, porque todas las veces son distintas, siempre. 


Ahí encontramos una diferencia entre las habilidades y las experiencias vitales: las primeras sí se van acumulando, sí mejoran con el paso del tiempo y la práctica, pero las segundas no, aunque caigamos en la trampa de pensar que sí, y que son casi la misma cosa, unas y otras. 


Cuanto más conduzcas, mejor lo harás, y tomar mal una curva te servirá de aprendizaje para la siguiente, porque hay muchas curvas iguales o muy parecidas. 


Pero no vas a ser mejor padre por tener más hijos o por ser padre durante más años. Es más, puedes ser un padre perfecto para uno de tus hijos y horrible para otro. 


Incluso es posible que uno de los trucos para ser un buen padre consista en renunciar a todas las ideas, prejuicios (juicios previos) y creencias que tengas sobre el asunto y enfrentarte a tu paternidad a pecho descubierto, dispuesto a vivir la experiencia sin más herramientas que tu profunda honradez ante cada situación que se vaya dando, y renunciando a eso que la mente demanda: aprender de la experiencia. Porque ser padre de María no te servirá para ser padre de Pepe, y solo podrás descubrir qué necesita cada uno si estás presente en la experiencia, en vez de estar rechazando porque no se ajusta a tu idea (propia o prestada) de cómo debería ser


Ser padre de una y otro solo es como es. ¿Crees que es inteligente negar lo que está siendo?


Es más: mientras estás renegando de la experiencia, que consideras profundamente negativa porque “no es como debería”, te estás perdiendo la verdadera y única experiencia posible en tu vida: ser padre de María y de Pepe. 


Te dejo estas ideas locas y algo desordenadas para que las barajes si quieres. No reflexiones sobre ellas, simplemente deja que bailen por tu mente a ratos, como posibilidades alternativas de ver las cosas. 


Nos vemos pronto.

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