Me refiero a hacerlo cuando tu relación termina, porque es todo un desafío. 


Una relación que haya durado en el tiempo impregna todos los aspectos de la vida e incluso llega a ser el centro de esta, el núcleo entorno al que vamos estructurando el día a día. 


Sin darnos cuenta y sin que, necesariamente, suponga un sacrificio o una renuncia, dejamos de hacer cosas y relacionarnos con personas por pasar más tiempo con nuestra pareja y acaba siendo el núcleo de nuestra existencia. 


Así que cuando tu pareja se rompe parece que tu vida entera queda hecha añicos


Si tienes una relación de años y ha habido una convivencia estrecha y larga, no hay un aspecto de tu vida que no se vea sacudido por la separación. 


Cambian tus relaciones familiares, las de amistad, en ocasiones hasta las laborales. 


Pero, sobre todo al principio, el problema es que parece que llevas a tu lado un constante vacío que todos ven y te recuerdan. 


¿La vida rota?


Podría decirse que para el mundo hace tiempo que no existes sin tu pareja, que sois un ente único y ahora todo y todos te hacen recordar que vas por ahí como cojo, huérfano o viudo. 


No todos tienen este tipo de experiencia tras una ruptura, pero tenerla empeora, al menos aparentemente, la situación.


Es muy difícil establecer una línea entre tu relación de pareja y el resto de tu vida. 


Por eso muchas parejas se mantienen, pese a no funcionar: es duro romper la vida toda y hay quienes no se sienten capaces. 


Pero es una oportunidad de oro. 


Tengas hijos o no, vivan o no contigo, la soledad, la falta del otro, será al principio la nota predominante de tu vida. Y no depende de que aún le ames o no, sino de la costumbre establecida durante años. 


Puedes sentir que no sabes vivir sin tu pareja, puedes llegar a desear volver incluso habiendo sido tú quien dio el paso para la ruptura. 


La oportunidad oculta


O puedes explorar qué y quién eres tú. 


Tendrás que pasar por el duelo y readaptarte


Este proceso puede ser mucho más corto y menos doloroso si no te empeñas en revivir el pasado, si no te enganchas a él y aceptas lo que es, lo que está pasando. 


No es tan complicado como piensas, es solo cuestión de tomar una decisión: vivir, estar en el presente, estar en tu vida plenamente, o seguir sufriendo por lo que crees que ha pasado y te está pasando. 


La soledad no es una condena, sino un regalo, un espacio único en el que puedes descubrir qué eres, quién eres y para qué estás en la vida. 


Es un trabajo personal e intransferible. 


Estamos tan alejados de nosotros mismos que la posibilidad de algo así nos produce desde nerviosismo a verdadera ansiedad y miedo, mucho miedo. 


Cuando se rompe nuestra pareja tenemos la sensación de que nos quedamos sin nada, como desterrados de nuestra propia vida. 


Pero es solo un cambio y el cambio es la única constante de la existencia. No hay vida sin cambio y la falta de cambio es la verdadera muerte. 


Incluso en lo que llamamos muerte, en la muerte física, el cambio continúa. 


Es otro ejemplo de que nuestra percepción, la forma en que miramos e interpretamos las cosas, no tiene nada que ver con lo que de verdad es. La muerte no es un final, ni siquiera físico, sino parte del proceso de la vida. 


No estoy sugiriendo que te dediques a concentrarte en ti.


Al contrario, mi propuesta es que te dediques simplemente a vivir e ir descubriéndote en tu vida, en tu constante experiencia del aquí y el ahora, el único momento real y, por lo tanto, el único que te puede dar información veraz sobre todo y sobre ti. 


Renunciar para tenerlo todo


Cuanto más te empeñes en revivir el pasado y/o intentar adivinar o evitar el futuro, más lejos estarás de ti mismo, porque cuando hacemos eso estamos inmersos en nuestro mundo mental, tan aparentemente real como realmente falso. 


Lo que pensamos no tiene necesariamente que ver con nada que exista, y cuanto más nos encerramos en nuestros pensamientos más nos alejamos de la realidad. 


No es un alejamiento físico, sino mental, pero marca distancias imposibles de sortear mediante un proceso lógico. 


Por otro lado, es una distancia inexistente: basta con tomar la decisión de no hacer caso a nuestra mente, con darnos cuenta de que lo que la mente dice no tiene por qué ser verdad y que no tenemos por qué creerlo ni aceptarlo. 


No somos nuestra mente, sino los dueños y señores de ella. 


Estar solo es un privilegio. Puede no parecerlo al principio (o nunca), pero si lo tomas como una oportunidad, puede ser lo mejor que te haya pasado en la vida. 


Intentar rellenar el vacío que sientes con entretenimientos es seguir en las mismas coordenadas, poniendo parches y necesitando siempre algo externo para estar mejor… al menos aparentemente y al menos durante algunos momentos, ratos o días. Pero no da más de sí. 


No quiero decir que no hagas vida normal y no trates con otras personas salir, tener relaciones, recuperar algunas que hemos dejado de lado, puede ser muy enriquecedor y revelador, pero lanzarse afuera esperando soluciones milagrosas te llevará, posiblemente, a los patrones de siempre y, por lo tanto, a las experiencias de siempre y las relaciones de siempre. 


Si dejas de buscar y te dedicas a vivir lo que te toque en cada momento, confiando en la vida, encontrarás que la vida está llena de maravillas para ti, que no necesitas nada ni a nadie especialmente y que la vida siempre te dará lo que necesitas con abundancia.


Y descubrirás quién eres.


No puedes llegar ahí por deducción y pensamiento, solo por experiencia vital real. 

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