Si hablamos de salud emocional es porque vivimos muchas emociones como enfermedad y, la mayoría de ellas, como una enfermedad crónica con la que tenemos que cargar toda la vida.

Es así.

¿O no?

La psicología, la psiquiatría y muchas otras terapias de la mente nos dicen que arrastramos traumas desde la infancia sin ser siquiera conscientes y que esos traumas condicionan nuestra relación con los demás, con el mundo y con nosotros mismos.

También condicionan, según dicen, la forma en que vemos e interpretamos los acontecimientos y nuestra propia historia.

Nosotros, simplemente, nos lo creemos: es evidente que gente tan leída y escribida tiene que saber mucho más que nosotros de todo, incluidos nosotros mismos.

¿O no?

El punto de vista

La vida está para vivirla y nadie puede vivir la tuya, así que a lo mejor es momento de plantearte si de verdad nadie que no seas tú puede saber de ti de forma “científica” (signifique eso lo que signifique).

Hemos endiosado la ciencia y eso ha hecho que cedamos nuestra responsabilidad y soberanía a otros. Si te paras a observar, no suena demasiado sensato.

Si mis traumas y falta de salud emocional condicionan mi visión, y mi visión es mía, yo soy dueño de mi visión.

¿O no?

Yo solo puedo ver con y por mis ojos, pero parece que mis ojos siguen siendo míos. Así que, cabe dentro de lo posible que yo pueda elegir cómo ver y qué ver. De hecho, es lo que estoy haciendo siempre, aunque no sea consciente de ello.

Pero puedo serlo y retomar el poder sobre mí, mis ojos y mi vida.

Entonces puedo mirar mis traumas, si los conozco, o, simplemente, mirar mis reacciones como si fueran ajenas, y decidir si me gustan o no, si quiero continuar reaccionando igual o me gustaría cambiar los patrones (conscientes o no, puedo observarlos en presente, siempre que aparezcan).

Empezar a ver desde otro lugar

Puede que me dé cuenta de que cuando reacciono no sé realmente por qué lo hago y como lo hago.

Si es por mis heridas emocionales, ¿por qué no se han cerrado?

¿Es posible que yo pueda decidir cerrarlas?

Vamos a ver eso un poco más de cerca.

Las heridas emocionales, siempre nos lo dicen, vienen del pasado: algo ocurrió que dejó una huella que condiciona, desde entonces, nuestro comportamiento (insisto, seamos o no conscientes).

Cuando somos conscientes podemos revivir la situación y, de hecho, la revivimos.

Digo revivir porque es lo que hacemos: no recordamos simplemente, revivimos. 

Es decir, reactivamos la situación en nuestro organismo entero, volviendo a sentir lo que sentíamos, lo que se refleja en nuestro estado de ánimo, pero también en nuestro cuerpo: perdemos energía (por ejemplo, cuando sentimos tristeza) o nos sobrecargamos de ella (rabia); podemos sentirnos mal en general, o tener dolor de cabeza, sensaciones desagradables en el estómago… El cuerpo reacciona, a veces mucho, otras de forma imperceptible. 

Porque crees recordar, pero estás reviviendo tu versión única de lo que pasó. Estás reviviendo lo que crees que pasó y la forma en que decidiste (consciente o no) vivirlo, sentirlo, interpretarlo. 

Observa: tú eres el centro, el protagonista, el que decide. Tú eres el único que tiene poder en ese momento.

Soltar lastre

Tú eres quien pone todos los adjetivos a una situación que no existe más que en tu mente, en tu memoria. No está pasando, pero sí la estás reviviendo.

Puedes decidir dejar de hacerlo. Sin más. Es así de simple y fácil.

Puedes desecharlo como cuando tiras algo sucio e inútil a la basura y lo olvidas. Se acabó.

Te garantizo que no volverá y que si vuelves a recordarlo lo desecharas de nuevo, como la cosa inútil y sucia que es. Sin más.

Por supuesto que puedes negarte, con argumentos como que aquello o lo otro ocurrió, que te hicieron esto o te pasó lo de más allá, que lo pasaste mal, que no fue justo, que… lo que sea.

¿Cuánto tiempo llevas diciéndote y/o diciéndole todo eso a los demás? ¿Ha mejorado algo? ¿Tú estás mejor? ¿Eres más feliz?

En estas situaciones, si haces el ejercicio de distanciarte, como si no tuviera que ver emocionalmente contigo (nada ni nadie te lo impide y no supone ningún riesgo), puede que descubras cosas interesantes.

Como que quieres cosas que no pueden ser porque no dependen de ti: una disculpa, un reconocimiento por parte del otro, en fin, que se te reconozca. Que te sientes ninguneado.

Qué quieres que se admita que tienes razón o, al menos, tus razones.

Qué necesitas una satisfacción por tu sufrimiento. Etc. (aquí entra todo lo que quieras u observes).

Aceptar y vivir

Ahora fíjate: todo eso ya pasó y tú sigues, en cierto modo, anclado a ello. No puedes cambiarlo, pero no lo aceptas.

No lo aceptas y quieres cambiarlo. 

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