Es una pregunta que creo que nos hemos hecho todos o casi todos alguna vez en la vida. 


Estudias, trabajas, ahorras, te esfuerzas… Muchos hasta han entrado en la rueda del crecimiento personal, enganchados a tantas teorías y prácticas orientadas al triunfo y la abundancia: “El secreto”, pensar en positivo, proyectar tus pensamientos, visualizar, repetir mantras de prosperidad y abundancia, etc. 


Las ofertas son infinitas y siempre vienen de gente que lo ha conseguido y está dispuesta a compartir su secreto contigo. 


Pero cuando uno se pone, aunque vea progresos, no termina de llegar a la meta.


De hecho, da la sensación de que por un paso hacia adelante que das, retrocedes tres en cuanto te despistas. 


¿Dónde está el problema?


Estamos hablando de abundancia, prosperidad y riqueza, pero no son lo mismo. 


La abundancia es un concepto que no tiene que ver con nada material, aunque lo confundamos.

Es un imperativo universal que se manifiesta por todas partes. La abundancia es una realidad de la creación. En la naturaleza todo es abundante, mires donde mires. 


La prosperidad es el éxito en aquello que se hace o se emprende y que lleva a la riqueza. 


Por lo tanto, abundancia, prosperidad y riqueza no son lo mismo y es importante tenerlo claro. 


Insisto en lo de siempre: anhelamos la abundancia desde la carencia. Dos caras de la misma moneda, cierto. 


Pero, ¿te das cuenta de que si estás en la carencia no puedes ver la abundancia? La única forma de hacerlo es por información indirecta: que otros te cuenten qué hay en la otra cara o que puedas verlo con ayuda de un espejo, con lo cual nunca lo verás cómo es y por ti mismo si no abandonas la cara de la carencia. 


Lo que nos lleva a esa expresión tan de moda, pero tan verdad: hay que dejar la zona de confort para conseguir cambios reales en nuestra vida. No lo olvides. Ya hablaremos de la zona de confort en otro post.


La carencia es una experiencia absolutamente personal, subjetiva y que nada tiene que ver con lo que es. Basta con que pienses en alguien que, desde tu punto de vista, lo tiene todo y, sin embargo, vive anhelando más, vive en la carencia. 


Como lo haces tú al creer que los demás sí lo tienen todo y tú no. 


Así que el problema está en ti. El problema siempre está en nosotros. Eso te da el poder de cambiarlo porque hacerlo solo depende de ti. ¡Es maravilloso! 


¿Pero dónde? ¡¡¡¿¿¿Dónde???!!!


Es una pregunta que nos hacemos a menudo: si el problema está en mí, ¿por qué no lo veo, no encuentro su raíz y no puedo, simplemente, eliminarlo, arrancarlo de una vez por todas?


Lo que vemos, lo que somos capaces de captar del mundo exterior es solo una milmillonésima parte de lo que hay: lo demuestran la astrofísica, la física cuántica, la neurología, la óptica… 


Además, eso poco que captamos no lo vemos como es, sino como somos.


Vemos el mundo a través de nuestras creencias más profundas. 


Estas habitan en nuestro subconsciente (por debajo de la línea de la consciencia), lo que significa que no tenemos acceso mental (a través de nuestro consciente) a ellas, no somos capaces de verlas y si asoman, no somos capaces de reconocerlas. 


Habrás oído que creamos nuestra realidad y que creamos lo que creemos. Es así y también está demostrado, no solo por la ciencia, sino por la experiencia diaria. 


Pero no creamos desde nuestra voluntad, desde nuestra conciencia y lo que creemos que son nuestras creencias. 


Creamos nuestra realidad desde nuestras creencias “invisibles” e inasequibles. 


Ese es el punto clave. 


Saber dónde estás.


Mira qué fácil es: si aspiras a la abundancia es porque crees estar en la carencia. Si crees estar en la carencia, ¿cómo puedes, desde ahí, llegar a la abundancia?


Tus creencias tienen todo que ver con el “no tener” y con la “necesidad”. 


Da igual que te repitas a todas horas que vas a tener, vas a conseguir, vas a llegar. 


En esas palabras está la trampa: si vas a… lo que sea, es porque eso no está en tu vida, en tu presente, en tu realidad. 


Esa es tu creencia profunda: que no tienes. 


No es la única, no es así de simple. 


Esa creencia suele estar muy enredada con muchas otras, algunas muy semejantes (no creo merecer) y otras tan aparentemente distantes que parece un disparate que tengan nada que ver. 


Si tienes que repetirte una y mil veces que te mereces más y lo mejor es porque no lo tienes claro, porque… ¡no te lo crees! 


Ya sabes: dime de qué presumes y te diré de qué careces. 


Cuando lo crees de verdad, lo sabes, lo vives, no necesitas repetirlo, reivindicarlo ni contarlo. 


¿Qué puedes hacer? 


Tienes dos opciones: 

Hacerlo sola, por mi experiencia te diré -y puedo estar del todo equivocada, sin duda- que ese es un camino arduo, lento y con resultados poco satisfactorios. 


Puedes llegar a ver qué pasa en ti y por qué, pero ese conocimiento (o descubrimiento) no acostumbra a venir acompañado de la claridad para cambiar las cosas o de las técnicas eficaces para hacerlo. 


Yo siempre he tenido planteamientos más directos e inmediatos porque tengo claro que solo tengo esta vida y en esta vida quiero ser feliz y vivir bien: eso me importa más que saber de dónde vienen mis “problemas”


Hoy sé, por mi propia experiencia, que puedo cambiar mis creencias sin saber cuáles son y cuál es su origen. 


Sé que las técnicas para hacerlo son relativamente simples, pero, eso sí, hay que perseverar. 


Y sé que, aunque no se necesita a nadie, porque es un camino individual, es fundamental, al principio, contar con la compañía de alguien que ya haya hecho el camino y pueda acompañarte, hasta que seas capaz de caminar solo. 


Y lo serás, no lo dudes.  


El problema no es si estás o no en la abundancia: solo tienes que saber si de verdad quieres salir de tu propia cárcel de carencia. 


Es la única decisión que tienes que tomar y solo tienes aquí y ahora para hacerlo. 


La segunda opción: mucha gente opta por la “ayuda profesional”


Te ofrezco mi mano: no estás ni estarás sola. 


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