Solemos tener la sensación de que lo que va mal en nuestra vida no tiene que ver con nosotros sino con lo que pasa fuera, lo que los demás hacen o dejan de hacer. 


Solemos quejarnos amargamente de la mala suerte que tenemos y culpar a algo externo de todos los males que nos aquejan. 


Perdemos el único tiempo vital que tenemos, el aquí y ahora, en remitirnos al pasado, diciéndonos y diciendo a los demás que todo sería distinto si en el pasado hubiéramos hecho otras cosas o los demás se hubieran comportado de otra forma. 


O saltando al futuro, sabiendo (porque lo sabemos, ni siquiera nos planteamos que podemos estar equivocados al respecto) que si “tenemos suerte” y las cosas van como queremos, todo estará mejor por fin.

 

Mirarnos y vernos.


Es curioso que, con la costumbre que tenemos de revisar el pasado insistentemente, no seamos capaces de mirarlo con un poco de perspectiva y desapego. Probablemente aprenderíamos mucho si lo hiciéramos. 


Confieso que en un momento de mi vida yo tampoco lo he hecho y me he descubierto gracias a los demás. Es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, y yo no estaba libre de eso.

 
He tenido personas a mi alrededor empeñadas en conseguir algo, o en que las cosas pasaran de una determinada manera, que lo han conseguido. He oído durante mucho tiempo afirmaciones como: “cuando consiga esto todo estará bien, yo seré feliz y podré vivir tranquilo”. 


Y he podido ser testigo privilegiada del autoengaño y la falta de conciencia de nosotros mismos: solucionado el presunto problema, no solo no ha habido paz y felicidad, sino que los problemas se han multiplicado y el sufrimiento también.


Lo que me hizo plantearme hasta qué punto no hacía yo lo mismo sin darme cuenta, una y otra vez. 


La felicidad, la paz, el bienestar así concebidos son como una zanahoria siempre ante nosotros, pero imposible de alcanzar. Lo más gracioso es que nadie nos la pone delante, somos nosotros mismos lo que decidimos llevarla. 


Mi conclusión personal a partir de mi experiencia vital es que nos metemos en esta rueda infinita y tortuosa por no ser capaces de aceptar las cosas como son. 


Encontrar la paz que eres.


¿Cuántas veces hemos dicho: “esto no puede ser”? 


Pero es, está siendo. 


No nos damos cuenta de que negar lo que es, es profundamente estúpido y el origen de una carga contra molinos de viento que vemos como gigantes que solo existen en nuestra realidad distorsionada. 


Distorsionada porque al decidir qué algo que está siendo no puede ser nos estamos saliendo voluntariamente de la realidad. Insisto: es estúpido negar lo que es. 


Sin embargo, cuando lo aceptas, justo ahí, en ese momento, descubres la paz y te das cuenta de que está en ti y siempre lo estuvo. 


No confundas aceptar con tragar o resignarte. En ningún momento digo ni diré nunca que hay que aguantar cualquier cosa y no hacer nada al respecto. 


Pero sólo puedes cambiar la realidad desde la realidad misma, no desde su negación. 


Sé por experiencia (no solo mía, también de muchas otras personas) que en la aceptación hay paz. 


Y cuando tienes paz, de una forma casi milagrosa y muy fácil, muy fluida, parece que las cosas empiezan a ponerse en su sitio. 


Cuando esto ocurre, se van acumulando los milagros: empiezas a ver con más claridad y a saber lo que tienes que hacer. 


Lo haces sin expectativas, porque al tomar la decisión de aceptar todo lo que es (o pueda ser) te desapegas del resultado: haces lo que tienes que hacer sabiendo que pasará lo que tenga que pasar, pero tú estás bien y con claridad. 


Aprendes a vivir el momento, el aquí y ahora, y la vida te muestra que justo para cada momento tiene la respuesta adecuada. 


Como siempre, se trata de tomar una decisión y de parar la mente, que no va a dejar de funcionar en sus esquemas de “esto no puede ser”. 


Esto puede ser porque está siendo, así que cuando dejas de luchar contra lo que es puedes comenzar a verlo como es y a afrontarlo desde “lo que hay”. 


Ver el muro en vez de luchar con él


Si te empeñas en atravesar un muro con la cabeza solo conseguirás dañarte, pero el muro ni se inmutará. No va a desaparecer solo porque tú pienses que no debería estar ahí. Está. 


Pero si dejas de darle cabezazos, aceptas su realidad y te paras a observar sin juicios y desde una cierta distancia (desapego) es posible que descubras una puerta muy cerca de ti. 


Fíjate, ni la viste por tu empeño en pasar el muro por donde tú habías decidido que tenías que pasarlo. 


Dar ese paso atrás, reconocer la existencia del muro, hacer las paces con él y contigo (dejar de luchar, de romperte la cabeza) y poder ver con ojos limpios (limpios de tu empeño en que las cosas que son no sean) es mi propuesta.


Ahora puedes verlo como es y descubrir cómo sortearlo o derribarlo. Incluso puedes decidir rendirte y dedicar tu vida a otro objetivo, porque reconoces que no puedes superarlo. 


Para todo lo que quieras en tu vida, el primer paso es la aceptación. 


La aceptación es neutra, se refiere únicamente a lo que es o lo que está pasando y no tiene que ver con juicios. 


Quiero decir que no tiene que ver con las ideas o creencias que tengas sobre las cosas, los demás o sobre ti. 


De hecho, los juicios y las creencias son algunos de los motivos por los que no aceptamos. 


Haz la prueba, pero recuerda que aceptar conlleva no enjuiciar y no seguir dando vueltas a las cosas. 


Entonces podrás verlas. Descubrirás que tienes más soluciones a tu alcance de las que creías o aceptarás que las cosas no están en tus manos y las dejarás ir. 


Tendrás paz.


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