Si andas en eso de la espiritualidad, el crecimiento personal y asuntos semejantes, has tenido que leer y escuchar la palabra abundancia por activa y por pasiva. 


De hecho, parece rodearla un aura de la que carecen palabras como riqueza, fortuna o cantidad.

Como si desear abundancia o hablar de ella fuera espiritualmente lícito y hasta loable, pero utilizar otros vocablos fuera menos adecuado cuando nos movemos por sendas tan elevadas como la espiritualidad, sus parientes y derivados. 


Eso sí, todos nos apuntamos a la abundancia, todos la deseamos para nosotros y los nuestros… pero, sobre todo, para nosotros. 


El deseo de abundancia y lo que implica


No es difícil llegar a la conclusión evidente de que si deseas algo es porque careces de ello. Es decir, que es la falta, la carencia lo que te lleva a poner el punto de mira en alcanzar la abundancia. 


Pero ¿te has parado a observar en qué aspectos de tu vida tienes carencias y, por lo tanto, necesidad de abundancia? Puede que la relaciones únicamente con cosas materiales, desde dinero a posesiones, un buen trabajo, etc. O puede que aspires a otros tipos de abundancias en tu vida: amor, amistades, hasta tiempo para hacer cosas que te gustan y te hacen sentir bien. 


Da lo mismo, el deseo siempre llega desde la carencia


Y el problema está ahí, en esa continua sensación de carencia de lo que sea. 

No puedes alcanzar la abundancia


La auténtica abundancia, al menos, no está afuera, como nada de lo que es verdad y realmente importante lo está. 


Si, por ejemplo, tienes problemas económicos, es verdad que poder obtener más ingresos de la fuente que sea te los aliviará, pero no te va a dar la plenitud que aspiras a lograr. 


En realidad, la abundancia tiene mucho más que ver con la forma en que entiendes e interpretar los acontecimientos que con una realidad objetiva y objetivable, algo que, por otro lado, no existe. La objetividad es un concepto mental que no encuentra reflejo en la vida real porque nadie puede sustraerse a ver desde su óptica única, ya que no podemos ver más que con nuestros ojos. 


Incluso en los círculos espirituales de todo tipo hay personas con una situación material más que holgada que se consideran faltos de abundancia en ese sentido. 


Pero, curiosamente, también puedes encontrar a muchas personas que se consideran que su vida está llena de abundancia y, sin embargo, viven con lo justo. Estas personas no se plantean en ningún momento que les falte nada. 


Porque la abundancia no tiene que ver con lo que se tiene, que logra o se pierde, sino que es un estado de conciencia y, a la vez, algo que está en ti. Así que la cuestión es si eres capaz de verlo, de descubrirlo, o no. 


Dicho de otro modo: para hallar la abundancia tienes que ir hacia adentro. La verdadera abundancia no te la puede quitar nadie. 


La abundancia de afuera es siempre precaria, dependiente y esquiva. El dinero, el presunto amor de los demás (o eso que llamamos amor), el reconocimiento, la autoestima, hasta el tiempo que crees no tener, absolutamente todo tiene que ver con tu forma de ver las cosas, con la costumbre de tu mente de enfocar desde un ángulo u otro. 


Y es una costumbre: la mente se acomoda con facilidad y rapidez y obvia cualquier alternativa que la saque del territorio que cree conocer y controlar. Ya sabes, la famosa zona de confort. 



La paradoja


Si no conoces la abundancia, ¿cómo sabes que la necesitas, por qué la deseas?


Puedes responder que la conoces porque la ves en los demás y porque puedes imaginar tu vida con todo aquello que hasta ahora no has tenido. 


Lo que tú imagines y la experiencia real de ello no tienen por qué ser lo mismo, tan es así que normalmente no lo es. Lo que explica que cuando conseguimos lo que creemos necesitar para estar bien, curiosamente, no lo estamos. 


En cuanto a los demás, lo que tú ves de ellos y cómo lo ves tampoco tiene relación alguna con su experiencia. Insisto: mucha gente con abundancia (al menos desde el punto de vista de los demás) es incapaz de verla, apreciarla y disfrutarla. Muy al contrario, no hacen más que quejarse, contar sus muchas carencias a quien esté dispuesto a escucharlos, y querer siempre más. 


Tengas lo que tengas, desde la parte de ti que se siente carente, nunca será bastante. Nunca. 


No tienes más que observar a tu alrededor y te darás cuenta de que el descontento habita en la mayoría de las personas, con independencia de lo que tengan, está por todas partes. 


Es la base de esta sociedad de consumo: una profunda insatisfacción insaciable que nos prometen curar a golpe de dinero, belleza y la satisfacción inmediata de cualquier deseo. Cada vez más, si no es inmediata nos frustramos y nos quejamos, sintiéndonos profundamente maltratados por la vida y nuestro destino. 


Es una carrera desbocada en la que parece que hemos perdido el objetivo y lo que nos queda es una necesidad vacua de seguir corriendo hacia adelante. 


No puedes conocer la abundancia hasta que la descubras en ti. Entonces te darás cuenta de que eres abundancia y eres abundante en todos los aspectos, de que la vida, lejos de escatimarte, te regala continuamente de todo y sin límites.


Como tantas cosas, encuentras la abundancia cuando dejas de perseguirla y te paras, porque solo así te das el tiempo necesario para verla donde de verdad está, donde ha estado en todo momento. 


Tenlo claro: si no la ves es porque tú no estás en el lugar adecuado, porque te dejas despistar y encandilar por ilusiones que has decidido tomar como realidades. 


Si de verdad te faltara algo, de alguna forma, en algún momento, cuando lo consiguieras deberías, por fin y de una vez, sentirte completo y feliz. 


No suele ser así, lo que abre la puerta a la posibilidad de que la respuesta no esté donde crees ni por asomo. 


Sobre lo de tener o no tener lo que sea, hablaremos en otra ocasión. 


Tener es un verbo que usamos con prodigalidad y aplicándolo a casi todo, pero ¿qué tenemos?


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